La agricultura sin labranza implica la preparación de tierras para la agricultura sin el uso de equipos mecánicos. Este método innovador tiene muchas ventajas, como reducir la cantidad de erosión del suelo y la escorrentía del agua. Esto no solo ayuda a mantener la salud y la integridad del suelo, sino también conserva el agua.
Las operaciones agrícolas también se benefician de una reducción en el trabajo y menores gastos de combustible. Del mismo modo, los beneficios para el medio ambiente son importantes, como una reducción de las huella del calentamiento global y la disminución de los niveles de emisión de carbono, específicamente de dióxido de carbono y el oxido nitroso.
En general la agricultura sin labranza ayuda a retener la humedad y los nutrientes del suelo, lo que resulta en tierras de cultivo que son más fértiles y más propicias para alto rendimiento de cultivo.
Si bien la siembra directa es una tecnología desarrollada a fines del siglo XX y difundida desde comienzos del XXI, su origen es mucho más antiguo. Ya en Sumeria se utilizaba en el tercer milenio antes de Cristo un “arado-sembradora” que a la par de poseer una reja que abría el surco, contaba con una especie de embudo por el cual se vertía la semilla. En Sudamérica, en la época incaica usaban el “palo sembrador” con el cual se hacía un pequeño hoyo en el suelo en el cual vertían la semilla.

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